En las afueras de Estella (Navarra), en un rincón apartado y silencioso del término de San Lorenzo, se alza un lugar singular y profundamente perturbador: el Parque de los Desvelados, también conocido como el Parque de las Calaveras. Este espacio, tan fascinante como inquietante, es una mezcla de arte marginal, crítica social, homenaje a los muertos y, según muchos, escenario de fenómenos inexplicables que escapan a toda lógica.
Su creador, Luis García Vidal, fue un artista autodidacta, irreverente y profundamente sensible a las realidades más duras de la vida. Comenzó esta obra monumental en 1971, movido por un impulso que combinaba lo artístico, lo emocional y lo espiritual. Lo que surgió de sus manos no fue un simple conjunto de esculturas, sino un grito silente contra la indiferencia humana hacia la muerte, la violencia y el olvido.
Las calaveras: guardianas del parque y símbolos del tránsito
El elemento más reconocible del parque son, sin duda, las calaveras gigantes que pueblan el lugar. Algunas reposan tumbadas sobre el suelo como si descansaran en paz, otras se alzan desafiantes, con las cuencas vacías mirando al visitante como si quisieran decir algo que aún no hemos aprendido a escuchar.
García Vidal utilizó como base una planta local, el zumaque, que trituraba para dar forma a las figuras. Después, las compactaba con mallas metálicas y las cubría con pintura blanca y negra, resaltando los rasgos óseos de cada rostro. El efecto final es poderoso: un desfile de cráneos de aspecto primitivo y fantasmal, algunos de ellos alcanzando los tres metros de altura.
Este no es un lugar para fotos turísticas: es un espacio para el recogimiento, para reflexionar sobre la finitud de la vida, sobre las historias que no se cuentan, y sobre los fantasmas —físicos o emocionales— que todos arrastramos.
Coche siniestro: la denuncia del dolor humano
Pero el parque va más allá de lo simbólico. Entre las calaveras y árboles crecen también esculturas de coches siniestrados, montajes realistas de vehículos destrozados que parecen detenidos en el segundo exacto de una colisión mortal.
Dos de ellos están enfrentados, congelados en un choque frontal eterno. Otro se eleva sobre una plataforma oxidada, y junto a él, una silleta infantil destrozada pone un nudo en la garganta de quien la observa. Grabado sobre una chapa, puede leerse un mensaje inquietante:
«A la muerte le gustan los coches».
No se trata de una obra casual. Este parque fue y sigue siendo un grito contra la siniestralidad vial, una forma descarnada de mostrar la crudeza de la muerte en la carretera. Luis García Vidal convirtió el dolor en arte, y el arte en advertencia.

Un homenaje desde el alma
Una de las placas más conmovedoras del parque se encuentra en la escultura más imponente de los coches, donde el artista dejó grabadas estas palabras:
“Esta escultura se la dedico a mi hermano Alberto, muerto a la edad de 59 años. Vivió como un artista que era y abrazó la muerte con valentía y dignidad al tener que vivir como una piltrafa humana. 1991”.
Con estas frases, García Vidal no solo rinde tributo a su hermano, sino que desnuda su alma, su dolor, y la profunda conexión que tenía con los ciclos de la vida y la muerte. Para él, el parque no era una mera expresión artística: era un cementerio simbólico, un altar abierto al duelo, a la memoria y al misterio.
¿Arte… o algo más?
Desde hace años, los rumores sobre fenómenos paranormales en el Parque de los Desvelados han ido en aumento. Visitantes y curiosos aseguran haber escuchado voces inexplicables, murmullos que parecen surgir entre los árboles o desde dentro de las calaveras mismas. Otros afirman haber percibido la presencia del propio artista, ya fallecido, caminando entre sus obras, como si aún vigilara su legado.
También se han reportado luces errantes, similares a orbes, en zonas donde no hay iluminación artificial. Algunos exploradores aseguran que las cámaras fotográficas dejan de funcionar justo en los puntos más cargados de energía, y no son pocos los que, tras visitar el parque, experimentan sueños extraños o cambios emocionales sin explicación aparente.
Un espacio para valientes y buscadores
Hoy en día, el Parque de los Desvelados permanece abierto al público, sin vallas ni entradas, como lo quiso su creador. Es un lugar que desafía las categorías: no es un parque escultórico convencional, ni un museo al aire libre. Es un espacio vivo y energético, donde el arte se convierte en protesta, en memoria, en catarsis… y, para algunos, en puerta hacia lo inexplicable.
Si decides visitarlo, hazlo con respeto. No es un lugar para selfies ni para el espectáculo. Es un sitio donde la muerte y el arte se dan la mano, donde los espíritus —sean reales o simbólicos— hablan a través de la piedra, del metal y del silencio.
¿Te atreves a cruzar sus senderos al caer la tarde, cuando las sombras de las calaveras parecen cobrar vida?
Quizás allí encuentres algo más que esculturas. Quizás… te encuentres a ti misma.